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¿No sienten curiosidad?

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Se trata del único vicio que no mata: la curiosidad. Lamentablemente, cada vez más gente la está perdiendo. Por eso, ¡quítense la venda de los ojos! ¡Vuelvan a mirar más allá de sus narices!

«No nos gustan los vinos italianos”, dice el señor de la mesa de al lado, mientras su mujer sacude la cabeza con repugnancia y el camarero los mira desconcertado. Porque acaban de machacar literalmente su recomendación. Y eso que se la habían pedido, y el vino sonaba muy prometedor. Al menos, desde mi mesa. Semejante espina debe de estar clavada muy honda en su espíritu. Uno se pregunta qué vino italiano, qué vinicultor, qué restaurante y qué comerciantes habrán hecho tanto mal a esta gente. ¿Quién habrá logrado que, para estas personas, Italia haya desaparecido completamente del mapa vinícola, y ya ni siquiera estén dispuestos a ampliar tan siquiera un poquito sus horizontes, aunque solo sea por el espacio de una copa? En este caso, únicamente se pueden hacer suposiciones. De hecho, no es un caso aislado. Nadie es inmune, ni los profesionales ni los aficionados. Y es que con el vino ocurre lo mismo que con la pedagogía: todos entienden algo del asunto. La única diferencia es la forma concreta que tiene cada uno de olvidar y reprimir. A veces son determinados tipos de vino o de variedad de uva, a veces es un vinicultor o una región, incluso un país entero, los que de repente desaparecen del horizonte del afectado. Tan solo algunos pocos nombres y variedades circulan por la mente, encerrando un universo muy personal. Como si se hubiera olvidado que existe otro cosmos que merece la pena descubrir.

 

Saltando sobre la propia sombra

Aún recuerdo mis sensaciones cuando tuve ante mí el primer “vino natural”. Se trataba de un vino blanco de Austria, y ya su color oscuro hizo surgir en mí el escepticismo. Cuando el vinicultor me desveló que había producido ese vino sin azufre alguno ni cualquier otra sustancia conservante, me entraron ganas de indicarle que estaba loco. Porque así no es posible hacer vino. Al fin y al cabo, eso era lo que me habían enseñado durante mi formación. Me molestó la aromática oxidativa y aún más el sabor, y me juré que este tipo de vino ni me gustaba ni me gustaría jamás. Posteriores intentos con vinos sin sulfitos también fracasaron. Y sin embargo, hoy todo es diferente. Un día llegó el vino que me lo descubrió: era un tinto del sur de Francia, que al principio olía a compost. En un primer momento, me dio escalofríos, pero quise darle tiempo. Si en ese instante no hubiera decidido saltar sobre mi propia sombra me habría perdido nada menos que una de las experiencias vinícolas más imponentes de mi vida.

Todos hemos probado muchos vinos que no nos gustaría tener que recordar. Pero, ¿nos da eso derecho a relegarlos al más profundo olvido, así como a sus vinicultores? Yo diría que sí y que no. Por mi parte, considero una obligación poner a prueba una y otra vez la propia opinión y entregarme a la curiosidad del primer día. Todos los que están relacionados con el vino poseen esta curiosidad, y yo sostengo que muchos la van perdiendo.

 


Espíritu de principiante

En diferente circunstancia, el otro día me llamó la atención una vez más hasta qué punto somos capaces de limitar nuestros horizontes. Fue durante el experimento de las uvas pasas. Este experimento consiste en analizar una pasa como si hasta ese momento se hubiera ignorado su existencia. Examinarla con la manos, con los ojos, con la nariz y con la boca. En el fondo, lo mismo que hacemos cuando descubrimos un vino. El resultado fue asombroso, porque de repente se descubren cosas que se nos habían vuelto inimaginables, encontrar la nueva dimensión de una uva pasa que es igual a otras muchas que habremos comido cientos de veces sin prestarles atención. Éste es el espíritu de principiante que nos deseo a todos en lo que respecta al vino. Con estas líneas, quiero instarles a que salten de vez en cuando sobre su propia sombra, aunque a veces toque atravesar el infierno. Porque lo que no nos mata nos hace más fuertes.

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