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Torres Chile: Pioneros al pie de los Andes

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Existen pioneros de la vinicultura en muchas regiones. Pero son escasos los que tienen prestigio mundial por haber impreso su sello en países enteros, o incluso en varias zonas del mundo. Miguel Torres es uno de los pocos que figuran en esa lista de honor.



Miguel A. Torres, de 54 años, jefe de una de las más conocidas empresas vinícolas españolas -es ya la quinta generación- no parece en absoluto un típico revolucionario. Este hombre delgado, no demasiado alto, con gafas, de carácter reservado y tranquilo, parece más bien un profesor de universidad. Sin embargo, la casa Torres ha introducido innovaciones revolucionarias bajo su dirección. Poco después de regresar en 1962 de Montpellier, donde estudió la carrera, comenzó a plantar Cabernet sauvignon y Cabernet franc en el Penedés. Su primer “Mas la Plana”, del 70, despertó gran interés internacional en 1979 cuando recibió la distinción como mejor vino, en competencia con todos los grandes burdeos. Aquel mismo año, Torres fundó una bodega en Chile.
Torres ha marcado el desarrollo del Penedés. Sus vinos mostraron al mundo enológico europeo y americano el potencial de España en las variedades internacionales, y en vinos modernos de variedades españolas. Todo aquello en un momento en que la Rioja todavía producía vinos con absoluta fidelidad a la tradición, la Ribera del Duero aún no existía como denominación de origen y el Priorato era apenas una pequeña y adormecida región montañosa. Los vinos de Torres fueron un ejemplo para muchos bodegueros españoles jóvenes.
Pero estos catalanes también son pioneros en Chile. Los viñedos de Miguel Torres Chile -inicialmente 102 hectáreas, hoy 250- han contribuido decisivamente a despertar a los vinos chilenos de su sueño. Hasta hace 15 años, Chile era prácticamente desconocido internacionalmente como país productor de vino. Hoy, los vinos chilenos conquistan importantes mercados de exportación en todo el planeta. El inicio de esta evolución se debe a Miguel Torres.

Volvamos la vista atrás

Hace más de 400 años, los conquistadores españoles llevaron a Chile las primeras cepas. Poco después de la destrucción del imperio inca, alrededor de 1540, los colonos plantaron los primeros viñedos, en la mayoría de los casos con la variedad País, una uva sencilla que todavía ocupa grandes superficies. Aproximadamente a partir de 1850, tras la independencia de Chile, comenzó la era de las variedades francesas y del estilo de vino francés. En 1900, los viñedos chilenos ocupaban 40.000 hectáreas, que en 1938 ya eran 102.000. Entonces se detuvo el crecimiento, sobre todo debido a una ley sobre el alcohol que prohibía nuevas plantaciones. Cuando en los años setenta se derogaron las restricciones, la vinicultura chilena se sumergió en una gran crisis, al aumentar la producción al mismo tiempo que se reducía el consumo interno (antes 50 litros per cápita, hoy 11 litros), y sin que apenas se exportase vino. Después de grandes cosechas en 1982 y 1983, el inmenso exceso de oferta llevó a la industria vinícola al borde de la ruina.
Miguel Torres Chile había sido fundada poco antes. La bodega se había dotado de una tecnología que en Chile resultaba revolucionaria: depósitos de acero que permitían la fermentación en frío. Por primera vez, los bodegueros chilenos comprobaron lo frescos y afrutados que eran los vinos obtenidos por ese procedimiento. Además, Torres sólo quería exportar. Eso era algo que hasta entonces no había intentado casi nadie. Las bodegas chilenas reconocieron la oportunidad que suponían esas dos novedades, y las grandes casas establecidas dieron un golpe de timón. Con un inmenso esfuerzo, en menos de cinco años se llevó a casi todo el sector hasta los niveles internacionales más modernos. Las exportaciones se dispararon. La superficie de viñedos destinada a la producción de vino, que entre 1985 y 1994 se había reducido de 67.000 hectáreas a 53.000, ha vuelto a crecer hasta más de 56.000 en la actualidad.
Sólo quien conozca los vinos tradicionales de Chile -que todavía siguen dominando la oferta interna- puede apreciar en su justa medida la revolución desencadenada por Torres. Los vinos para el consumo nacional proceden en su mayoría de cosechas de hasta 25.000 kilos por hectárea, a menudo de variedades antiguas consideradas de menor calidad. Su desarrollo es más bien oxidativo y viejo. En Chile, incluso los blancos se beben a menudo tres años después de la cosecha. Todavía a principios de la década de 1990, los vinos modernos sólo se destinaban a la exportación. El cambio de gustos puede notarse en que, actualmente, más de una tercera parte de todos los vinos de Torres se bebe en el propio país.
¿Por qué marchó Torres a Chile? En España, el negocio había crecido en los años 60 y 70 desde unas 250.000 botellas hasta varios millones. Se buscaban nuevos horizontes, sobre todo al otro lado del Atlántico. ¿Dónde debía invertirse, en Norteamérica o en Sudamérica? Miguel se inclinaba por el sur, mientras su hermana Marimar favorecía California. Primero se hizo la voluntad de Miguel, pero dos años después se adquirió el viñedo californiano que ahora dirige Marimar.
Los puntos a favor de Chile eran su buena situación climática y las ventajas de costes, decisivas para el mercado internacional. El clima y los suelos en la zona vinícola, de más de 500 km de longitud, corresponden aproximadamente, según las zonas, a la situación que existe entre el sur de España y Borgoña, aunque con un clima muy previsible. La irrigación se realiza con el agua rica en minerales procedente del deshielo de los Andes, porque las precipitaciones de 350 a 800 mm anuales se producen casi exclusivamente durante el invierno. El gran valle central está marcado por tierras de aluvión, con sedimentos y guijarros arrastrados hasta el valle por los ríos andinos a lo largo de milenios. Los suelos de grava permiten cultivar un Cabernet-Sauvignon similar al del Medoc, mientras que algunas fincas aisladas con composición de tobas en Rapel y Maule proporcionan vinos elegantes y afiligranados.
Los vinos situados al sur de Curicó también tienen una estructura interesante. Hace 300 años, una erupción del cercano volcán Descabezado Grande aportó rocas volcánicas al terreno. Torres compró tierras en esta zona, “no necesariamente tras largos estudios”, como reconoce Miguel. “Simplemente, se subastaba un terreno a buen precio, y lo adquirimos”. Hoy se alegra de su elección, porque estas tierras algo más frescas con suelos volcánicos proporcionan vinos delicados y afiligranados procedentes de unas uvas muy bien maduradas. Todas las nuevas inversiones se han realizado cerca de la primera finca. Sin embargo, los suelos de los nuevos viñedos tienden a ser más pobres y pedregosos. En marzo de este año, Torres compró 100 hectáreas de nuevas tierras de ese tipo.
Al igual que en España, Torres también ha sido aquí un pionero con las variedades. Su finísimo “Don Miguel” se elabora con un 70% de Gewürztraminer y un 30% de Riesling, dos variedades nada frecuentes en Chile. En los nuevos terrenos se plantarán, además de nuevas cepas de Cabernet-Sauvignon, otras de Garnacha, de la antigua variedad catalana Garrut, de Monastrell y de Tempranillo.
Las variedades más utilizadas en los vinos chilenos de exportación son hoy en día Cabernet-Sauvignon, Merlot, Chardonnay y Sauvignon Blanc. Torres Chile también posee superficies menores con Pinot Noir, Malbec, Syrah, Gewürztraminer y Riesling. La determinación precisa de las variedades se hizo importante en Chile cuando la producción se orientó hacia el mercado internacional. En muchos viñedos antiguos sigue cultivándose la mezcla habitual en el pasado, cuya composición exacta a menudo ni siquiera se conoce. En Torres no existe ese problema, ya que los viñedos contienen siempre una única variedad.
La técnica de vinificación se ha ido adaptando constantemente a los niveles internacionales, y se han creado todas las condiciones para procesar del modo más idóneo la producción, desde la vendimia en cajas de 20 kg, la recepción de la uva, la fermentación y el envejecimiento hasta el embotellado. Los brillantes depósitos de acero cromado, las prensas de última tecnología, las 2.000 barricas, la bodega de envejecimiento refrigerada y los numerosos depósitos pequeños para la preparación de vinos especiales han experimentado ya varias modernizaciones.
Torres Chile también ha revolucionado el estilo del vino. Lo que él comenzó se ha convertido en la característica habitual de los vinos chilenos para exportación. El afrutado Cabernet Sauvignon del 97 procedente de uvas claramente maduras, que puede beberse joven, es una prueba de la tendencia a dejar madurar las uvas para los tintos chilenos más que hace unos años. El jugoso y fresco Sauvignon Blanc “Santa Digna”, con su delicado aroma de uvas crespas y ligera nota mineral, es casi todos los años uno de los Sauvignons mejores y más modernos del país. Se elabora con un 70% de clones europeos de Sauvignon, algo poco frecuente en un país que produce la mayor parte de sus Sauvignon blanc a partir de la variedad Sauvignonasse, menos aromática.
Cuando visitamos la bodega, en marzo de 1998, resultó fácil encontrarla. Está anunciada por un gran cartel situado junto a la carretera Panamericana, al sur de Curicó. El cartel anuncia “Visitas, Degustaciones”. Unos días más tarde estaba previsto inaugurar un nuevo edificio de recepción para los visitantes, con proyección de vídeos, degustación y venta directa. En un futuro próximo se abrirá también un restaurante. En Chile no es habitual esa forma de recibir a los visitantes: son pocas las bodegas que practican los métodos modernos de atención al cliente.
Los vinos chilenos están más solicitados que nunca. Las cifras de la exportación presentan desde hace años tasas de crecimiento de dos cifras (1996: 184 millones de litros, + 43%). En EE UU, Chile ha pasado a ocupar en pocos años el tercer lugar en la importación de vino, después de Francia e Italia. La calidad y el éxito despiertan cada vez más la atención de los colegas de otros países y atraen a más inversores a Chile.
Miguel A. Torres cree que Chile todavía puede llegar más lejos. Según él, el país andino tiene muy buena imagen en cuanto a vinos de buena relación calidad-precio. “Pero en cuanto se supera un determinado nivel de precios, el mercado se estrecha mucho”, afirma al referirse a la situación actual. Sin embargo, Chile puede producir vinos de primera categoría mundial, como ya demuestran algunos ejemplos. Uno de ellos es el Cabernet sauvignon “Manso de Velasco”, procedente de viñas de casi 100 años, que ha ido mejorando constantemente.
Texto: Jürgen Mathäss
Fotos: Heinz Hebeisen
Miguel Torres Chile
HH
1997 Sauvignon Blanc
Santa Digna
Aroma exótico y fresco, a uvas crespas y lichis, ligeramente mineral; un vino de verano, fresco y muy transparente, con final de pimienta.
HH
1997 Chardonnay Santa Digna
Fermentado en roble al 80%, envejecido seis meses en barrica con la levadura. Un Chardonnay bastante pesado (14% vol.) procedente de uvas muy maduras; aroma afrutado, con recuerdos de pera y compota de melón; toda su fuerza está en su cuerpo pleno y redondo; un vino armónico, bastante prolongado.
H
1997 Don Miguel
70% Gewürztraminer, 30 % Riesling.
Vino aromático muy fresco, que con sus notas maduras de melocotón y nuez moscada recuerda a un Riesling renano antiguo; es perceptible un fino dulzor (8 gramos), aunque el final es bastante chispeante.
H
1997 Cabernet-Sauvignon
Santa Digna
En su estilo redondo, suave y afrutado, es un Cabernet chileno muy típico; aroma de frutos rojos ligeramente cocidos, carnoso y maduro; estructura sencilla; muy redondo y armonioso; taninos suaves.
HHH
1995 Cabernet-Sauvignon
Manso de Velasco
Cepas de casi 100 años, y 18 meses de envejecimiento en barrica.
Aroma cálido con ligeras notas de cuero, recuerda también a jugo de frutas rojas, muy denso y musculoso; cuerpo redondo y armónico, final marcado por los taninos; ya resulta agradable de beber, aunque todavía puede madurar algunos años.
HH
1996 Cabernet-Sauvignon
Manso de Velasco
Cepas de casi 100 años, y 18 meses de envejecimiento en barrica.
Fruta oscura, con aromas de saúco, material muy maduro; excelente concentración; gran armonía; taninos intensos pero maduros.

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