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Viajes enológicos: Rueda, Medina, Cigales Triunfo en común

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Rueda, Medina, Cigales... nombres sonoros, evocadores de buen vino, de famas transfronterizas que a veces no se corresponden con el tamaño de los pueblos ni con el exiguo número de sus pobladores. lugares todos ellos Hermanados por el viñedo y una industria vitivinícola floreciente que ha centrado en las blancas verdejo y sauvignon blanc su apuesta por el futuro.

El vocerío comercial y las charletas etílicas pueden fácilmente acabar con la ciencia geográfica y sus pétreos cimientos. Un viajero sensato deberá, sin embargo, poner un poco de orden en el amable caos que se escancia de las botellas, siquiera para justificar su oficio y porque el amor al vino tampoco es enemigo de la afición por los paisajes. Ha de avisarse enseguida, pues, que ni Rueda es Medina ni Medina del Campo es Cigales, ni los Torozos son los Pinares, ni el río Zapardiel es el Pisuerga... El vino y su control o sus promociones parecen dispuestos a unirlo todo, pero conviene que cada cosa siga momentáneamente en su sitio. Por ahí se arrastra el Duero, perezoso por los frenos de represas que le ponen, enjuto por el agua que le arrancan para riegos y otros menesteres, más alegre desde las Ventas de Geria, apenas pasado Simancas, porque ha engordado mucho con la aportación del Pisuerga, que le llega de las alturas de Palencia; en realidad, aporta al mismo cauce más agua que la propia del famoso río soriano. Como sucederá más abajo, por Zamora, con el Esla de las montañas de León.
Por ahí se arrastra el Duero, sí, una docena de kilómetros al sur de Valladolid. Y sus riberas siguen siendo vinícolas, aun no siendo ya riberas. El pueblo de Cigales, capital modesta de una pequeña denominación de origen, queda al norte de la capital castellana y/o leonesa. A ambos lados de un tramo del Pisuerga, aunque los mejores viñedos crecen al oeste, a la derecha del río.
A una docena larga de kilómetros al sur desde donde acaban los majuelos del rosado famoso arrancan las tierras que se integran el D.O Rueda, o probablemente, y desde enero de 2001, según anuncian, en la D.O. Tierra de Medina. Ya veremos cómo queda la pendencia y la fraternidad entre espléndidos vinos dorados y blancos y los muy ricos vinos tintos que se empiezan a descubrir.
Pero esta segunda D.O. es muy extensa. Abarca medio centenar largo de municipios del sur de la provincia vallisoletana, 17 del sureste de Segovia e incluso un par de ellos del norte de Ávila. Entre sus dos extremos, unidos por la carretera N-VI, se tiende un espacio llano de unos 75 kilómetros de longitud (más otro parecido, de este a oeste, entre Coca, Segovia, y los garbanzales de las afueras de Fuentesaúco, en Salamanca... Seis mil hectáreas. Pero esos límites actuales coinciden con cierta exactitud con los que se describían hace cuatrocientos años, aunque entonces con la capital en la próspera e ilustre ciudad de Medina del Campo.
Como para tomarse la excursión con calma... Desde luego, no toda esa plana y desierta llanura está plantada de viñas. Cada puedo tiene las suyas, ha tenido las que ha precisado para su consumo y para los vaivenes de la exportación, aunque ya empiezan a multiplicarse las nuevas con mucho éxito. Sólo en algunos territorios se ven plantaciones más juntas e intensas, de aire moderno, sobre todo en Rueda y su entorno más próximo: Serrada, La Seca. Es tierra pobre de secano, albergue de cereales resistentes, manchas de pinos, yermos, escasa de árboles y de amenidades vegetales.
-Cuando queremos alegrar las pajarillas, nos vamos junto al río. Vea usted lo verde que está todo por allá abajo. Pero el pan hay que ganarlo en los rastrojos, donde castiga el aire.
Habla un pastor de los de toda la vida. Ropas de pana, boina capada, manta palentina a cuadros para matar el frío, zurrón al hombro, dos perrillos como ayuda... Y un buen aparato de radio junto a la oreja desde donde le habla Luis del Olmo. La excepción en la vieja estampa.
Como la escuela no ha dado para mucho a algunas gentes que se quedaron por aquí, inútil sería entretenerse con él en hazañas históricas. Tantas hubo aquí... Hablando de estos vinos (los curados, los generosos, los muy alcohólicos) decía Quevedo: «Los paños franceses no abrigan lo medio que una bota de lo de Alaejos».
Alaejos podría ser el prototipo arquitectónico de esta vieja Tierra del Vino. O mejor su vecina Nava del Rey, que a mediados del siglo XIX monopolizaba las exportaciones de los vinos curados. La primacía de Rueda, del nombre de Rueda, es moderna. Y su fama de reina de los vinos blancos se la ganado gracias a la uva Verdejo, austera, resistente, de aroma sutil, y ahora también a la Sauvignon Blanc, más moderna todavía. Quizá desde que en 1974 el Marqués de Riscal decidió salir de Rioja y plantar bodega especial para grandes vinos blancos, pues no había encontrado terruño en su cuna alavesa ni en sus exploraciones por Galicia y Cataluña.
Sólidas y rotundas iglesias con hermosos campanarios mudéjares, llenas de pinturas y esculturas de gran mérito; altas construcciones de elegante ladrillo que sobresalen a lo lejos en la meseta. Agrupadas a su amparo, en calles generalmente irregulares, casonas nobles, algunas con blasón en las hermosas fachadas, pero ya deshabitadas y decrépitas muchas de ellas, pues los siglos de esplendor hace mucho que pasaron para Castilla. Buenos ayuntamientos, a veces de piedra sillar. Orgullosas plazas mayores. Conventos, muchos conventos. Pero ya vacía la mayor parte, desde luego. E iglesias y ermitas en las afueras de cada pueblo y villa. En estas entrañas de Castilla vivió siempre gente muy devota.
El viajero ha de guiarse por la intuición o por los sueños. Doña Juana la Loca estuvo encerrada en Tordesillas; su madre Isabel de Castilla murió en Medina del Campo y había nacido en Madrigal de las Altas Torres (aunque haya perdido casi todas las 82 que tuvo). Tres villas de asombrosa monumentalidad, albergue de reyes y reinas... Donde marque uno la huella encontrará reliquias fastuosas del pasado: nombres, muros, valles...
La llanura es ancha y aterradora. Sólo en algunas partes se ondula para aliviar la fatiga de la mirada. Cuadrillas de cazadores patean los surcos con la muerte acre en la punta de sus miradas. Liebres, conejos, zorros y «todo lo que vuela, a la cazuela», con ley o sin ley, con protección o sin ella, ya se sabe... Aquí y allá aparecen alegres bosquecillos de pinares, pero son territorio obsceno y maldito para el viajero.
-Vaya a usted a comer a Medina. Allí tienen buen lechazo.
-Yo en Medina no entro, mujer. Nunca más entraré, aunque sé que es villa gloriosa y rica en monumentos.
-Pues a Olmedo.
-Tampoco. Les he declarado pueblos non gratos.
-Allá usted. Yo sólo se lo decía por el favor.
La mujer de la taberna no entiende del todo la tozuda reticencia del viajero. Y quizá sea mejor así. Gentes de Medina y de Olmedo practican al final de cada temporada de caza la cruel costumbre de abandonar a sus galgos en los pinares, atados a los árboles por el cuello y a cierta altura, y sin agua, para que ellos mismos se ahorquen poco a poco, a medida que les van faltando las fuerzas. Galgos compañeros de caminatas. Galgos criados en casa. Tipos de esa catadura no merecen los buenos días ni que se les rinda visita. Claro que en la vega de Tordesillas, junto al Duero, una vez al año los mozos corren toros a caballo y los destrozan y desangran a lanzazos, entre muchas risas y vítores. (Pero en Torrelobatón, les clavan los agrios hierros desde los Nissan y los Toyotas, que son más seguros e impunes). El vino de por aquí es muy bueno -en esto concuerda la mujer de los consejos- pero ciertas costumbres son vergonzosas. Para qué ocultarlo. Y aunque vengan de Dios sabe qué obscena tradición.
Tampoco sería justo esconder que en la villa de Olmedo se han resumido en cierto modo las glorias mudéjares de estos parajes, el arte románico de ladrillo. Los catorce ejemplos más representativos han sido recogidos dentro de un Parque, en maquetas de buen tamaño (alguna hasta de tres metros de altura, como la del castillo de Coca). Unos cuantos de ellos están situados en esta rasa y antigua Tierra de Medina. Los nuevos giros de la antigua carretera nacional, hoy autovía, han ido dejando de lado a los pueblos. Lo ganado en rapidez de viaje se pierde en disfrute. Ni Medina ni Tordesillas pueden verse ya. Ni Rueda. El pueblo ha quedado medio agazapado a ambos lados de su calle principal, que se llama Real. Casi cada casa de esa vía, la antigua carretera, despacha vino. Y muchas de las viviendas, a un lado y a otro, son de evidente nobleza. Uno de los edificios más vistosos es la iglesia dedicada al Cristo de la Cuba, llamado así no por irreverencia beoda sino porque la escultura se pagó con la venta de los quinientos cántaros de vino que contenía una cuba. No gran cosa si se compara con los diez millones de botellas que, más o menos, salen cada año con el nombre de este pequeño y semivacío pueblo castellano.
Claro que más pequeño, casi insignificante, es Cigales, en el borde oriental de los montes Torozos, al otro lado de la capital, núcleo de una docena de municipios que conforman la D.O. Vallisoletanos todos menos Dueñas, que es de Palencia, donde se juntan el Carrión y el Pisuerga, el más grande y el más digno de visita del grupo. Conjunto histórico-artístico, albergue de los novios Católicos, solar de conventos y casonas... Los otros pueblos de los famosos claretes, aunque las bodegas también elaboran hoy buenos tintos, y cada vez más, no valen gran cosa. Ni siquiera Trigueros, que conserva ruinas notables de un castillo. Ni siquiera Corcos, que ha pintado de amarillo la fachada de su iglesia.
A Cigales se le ve enriquecido con el vino, pese a que la bodega más grande de la comarca esté en Mucientes, al lado. Y tanto o más próspero por las bodegas mismas. Este año están pagando seis mil pesetas por día a los vendimiadores, estudiantes de la universidad capitalina muchos. Los negros angoleños cobran menos. Llueve.
-Mala cosa; el agua quita grado- dice un hombre que lleva entre los brazos tres botellas sin etiqueta de vino rosado; para la merienda de esta tarde.


la primacía de rueda, del nombre de rueda, es moderna. Y su fama de reina de los vinos blancos se la ha ganado gracias a la uva Verdejo, austera, resistente, de aroma sutil, y ahora también a la sauvignon blanc, más moderna todavía.

Agenda del Viajero
Ruta del mudéjar
Recientemente han ido instalándose en diversos puntos de las carreteras unos sencillos carteles con la leyenda «Ruta de las Tierras de Medina». Puesto que las palabras se adornan con un racimo de uvas, fácilmente entenderá el viajero de qué se trata. Sí: viñedos y bodegas aquí y allá. Pero es también ruta histórica de mucha enjundia, ruta artística de gran merecimiento. Abundan las grandes iglesias, casi una en cada pueblo. Algunas villas son de una monumentalidad exagerada: Medina del Campo, Olmedo, Tordesillas, Coca, Nava del Rey, Arévalo (en un borde de la D.O.), Dueñas, Madrigal... No sólo hay que fijarse en las grandes estructuras gótico-mudéjares, sino en el gran número de casonas palaciegas y en el sereno urbanismo castellano.
Alojamiento.
Puesto que la ciudad de Valladolid es el centro geográfico de las D.O. Rueda y Cigales, ningún lugar mejor para alojarse. Los mejores hoteles son el Felipe IV, tel. 983 307 307 000; el Meliá Olid, tel. 983 357 200; el Meliá Parque, tel. 983 220 000; el NH Ciudad de Valladolid, tel. 983 351 111; el Mozart, tel. 983 297 777 y el Catedral, tel. 983 298 811. En Medina, el Balneario Palacio de las Salinas, tel. 983 804 450 y La Mota, tel. 983 800450. En Tordesillas, el Parador, tel. 983 770 051, y a 4 kms., El Montico, tel. 983 795 000.
Entre las casas rurales, negocio poco desarrollado en la zona, hay que citar en Pozal de Gallinas: La Posada del Pinar, tel. 983 812 061; en Pozáldez, la Casa de los Cipreses, tel. 983 822347; en Montejo de Arévalo, La Solana de Villa Margarita, tel. 920 309 099; en Nieva, El Molino, tel. 921 593 475.
Gastronomía:
Cocina clásica castellana: Desde las sopas de ajo y las legumbres a los asados, hay mucho donde elegir. En Valladolid abundan los restaurantes: Panero, La Fragua, La Criolla, La Parrilla de San Lorenzo, El Cervantes, La Perla de Castilla... En Medina, el Mónaco y el Continental. En Rueda, el Leonés y el Arenal. En Tordesillas hay buenos mesones, como El Torreón, Los Duques o Valderrey.
Compras:
Es aconsejable el pan; también los dulces, sobre todo en las confiterías de Tordesillas y de Medina. En cuanto a vinos, la calle principal de Rueda está llena de tiendas en las que se encuentran vinos de su D.O. y de otras cercanas, así como vino de cosecheros a granel. En el edificio reciente de Bodegas de Crianza de Castilla la Vieja (tel. 983 86 8116), al lado de la entrada sur de la autovía, se despachan, además, productos típicos de Castilla y León, por lo general muy buenos: desde cecina de Astorga a garbanzos de Fuentesaúco. En Villanueva de Duero, cerca de Serrada y a un lado de la carretera, Antonio Alonso tiene una extraña tienda de vinos, que también vende en garrafas y de grifo (tel. 983 559 241).
Información:
Denominación de Origen Rueda, calle Real, 8, tel. 983 868 248. D.O. Cigales, Onésimo Redondo, 35 1º, tel. 983 580 074. Oficina provincial de turismo de Valladolid, tel. 983 412 715.

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